lunes, 18 de marzo de 2013

El último sastre en Laureles. Crónica

Publicado por Mimi Cano en 21:57
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" Si la música es el alimento del amor ¡qué siga sonando! "
El último tango en París. 1972







Haciendo duras olas de asfalto, recuperando la tierra a la fuerza. Con las raíces, necios y cansados de tanto carro, de tanta moto, de tanta vieja rica que ni los mira, los árboles de laureles bailan con sus hojas verdes al ritmo de tango. 

El sonido del bandoneón sale desde la sastrería,  para ir a descansar en las raíces, refrescándolas. Acaricia las copas y navega por el suelo agrietado que posa ante el cielo lechoso de las tardes de verano en Medellín. Como la modelo al sastre.


Desde afuera solo se ve la figura de un hombre que se dibuja como el trazo sobre una mesa de corte, limpio, sencillo, preciso. 

Sus días se cuentan con canciones de tango y lo que él mismo llama música caliente. La vida -Ese kilometraje de 64 años que no se agota ni se cansa, cuando de bailar se trata, lo mide con conos de hilo y metros de tela, en una profesión que muere lentamente, que va dejando emisarios y muchas historias.


Chica, como le decía tiernamente su esposa cuando solo eran amigos, es un hombre educado, con la amabilidad característica de esos señores que han vivido mucho y que han sabido ser felices. Se nota que le encanta contar historias y evoca un abuelo, aunque dice que si ve a sus nietos en la calle, no lo reconocería.


En el pequeño taller hay un centenar de conos de hilo de todos los colores, aunque los más usados sean blanco, negro y azul. El arcoíris de algodón procesado y teñido se puede encontrar hasta en el piso, sobre el equipo de sonido, sobre la mesa de la vieja máquina de coser.


Hace 50 años el trabajo llovía en la Medellín que todavía no se había dejado permear por el producto terminado, y acudía a estos dioses del buen vestir, para hacer blusas, sacos y pantalones. -Ahora, de los que él mismo recuerda, "sastres de la vieja escuela solo quedan como 3 en este sector de Laureles"


“En una buena semana caían entre 60 y 82 pantalones, hasta que llegó la famosa apertura de César Gaviria, y entonces lo que nosotros hacíamos en 12.000 o 15.000 pesos, la gente lo encontraba en Junín a 7.000. Todo el mundo cambió la forma de vestir. Todo era de la china.”


Desde ahí empezó a morir la sastrería y ha venido agonizando por casi   medio siglo hasta que se redujo a los arreglos: La bota del pantalón, el cuello de una camisa mal confeccionada que compraron en oferta, la moda del bota tubo, un cierre dañado. Los sacos pasaron a la historia como Gaviria, pero Chica continúa sentado en su máquina de más de 100 años de antigüedad, de la que dice “nadie se disputará cuando muera.”


En el taller todo tiene un contraste, las paredes blancas con los hilos de color, la máquina vieja con un equipo de sonido moderno -que le costó unos centavitos a su esposa, donde no faltan los tangos, los boleros y los porros. El desorden de su taller con el orden en que está colgada la ropa pendiente o la suya, que pone en ganchos para evitar las arrugas. Contrario a lo que pensé no huele a nada.


En la pared hay una tabla blanca en la que puso ordenadamente unos clavos donde a sabido colgar los hilos pequeños, pasándoles el cuerpo del clavo por todo el tubo de cartón en que se hilaron. También hay colgada una foto de él y su esposa, que mira directamente a la calle. Por lo menos la fotografía no es indiferente a la pinta verde que descansa bajo el cielo de la capital de la montaña.


La sastrería, parece un taller de mecánica. Herramientas tiradas, polvo, los trabajitos pendientes apilados como carros en un parqueadero… Y es que ese era su sueño, y en cierto modo lo cumplió, pero no repara automóviles como hubiese querido.


“Ponle el tornillo a la maquina

úntale grasa y caliéntalo sácalo límpialo y mételo”


¿Cómo se llama esa canción que está sonando?

-El mecánico, responde Chica entre risas.


La coincidencia nos deja inmersos en la música por un rato largo, Enseña sus discos y habla de una memoria USB llena de porros que no alcanzaría a escuchar en un día entero. 480 canciones, dice. Tengo música de Contreras, Daniel Santos, Raúl Iriarte, Alberto Podesta, y los boleros de ahora. Cuando estoy solo me gusta poner la música muy duro. A mí me gusta mucho bailar.


Lleva puesto un pantalón gris y una camisa blanca, sin mangas. Tiene ojos pequeños detrás de unos lentes grandes con marco marrón, su sonrisa, iluminada por una dentadura conservada y bonita, parece la de un joven adolescente que no quiere crecer. Su silla es metálica y tiene un cojín negro de cuero sintético, cuando se cae algo, tiene una reacción ágil, inmediata. No es un viejo aletargado por el paso de los años. Por el contrario está lleno de vida, emociones y baile. La existencia le sabe a porro.

Chica se salió del colegio cuando apenas iba en 2° grado. Se centró en la idea de aprender a trabajar y el negocio familiar le abrió las puertas. Aprendió a manejar el dedal, este a diferencia del dedal para las señoras, es abierto en el extremo donde queda la punta del dedo. Por la abertura se pasa un hilo con el que amarran el dedo hacia adentro, y así se coge la agilidad para empujar la aguja.

Los sacos fueron su fuerte y a eso dedicó su vida antes del fallecimiento del oficio. 

La renuncia del colegio a tan temprana edad le impidió estudiar Mecánica automotriz en un colegio técnico de la época, pero no le impidió bailar y ganarse el corazón de la que ahora es su esposa.

Se conocieron porque ella estaba casada con su mejor amigo y cuando el falleció, tenían un contacto parco de ¡hola y chao! Ella se fue del país y su única condición fue que se despidiera.


China acabó con la sastrería, Estados Unidos se llevó a Martha, España se llevó a una mujer que fue su esposa, al parecer solo de palabra. Pero el baile le regresó a la mujer de la que habla enamorado como un adolescente, quien  le dijo que no más tenis, que ya estaba viejo y que en vida de su mejor amigo le mandaba hacer pantalones.

Un día lo invitaron a una fiesta a 5 casas de la casa de Martha. El asistió pero nadie le avisó que ella había regresado a Colombia.



-Buenas, ¿usted me podría hacer un arreglito en esta blusa? Es como cuadrarle esta parte del top, nada más.

Este trabajo vale 5.000, pero yo le agradecería que no me lo deje porque es muy aburridor. Esa tela es japonesa y se rompe muy fácil.

-¿Pero lo quiere hacer?

Pues yo se lo hago, pero como le digo, es muy aburridor.

-Ah bueno, gracias pues.



A las 11 de la noche apareció ella, eso fue hace 10 años. Bailamos hasta las cinco de la mañana y ella me dijo que tenía una sobrina a la que le gustaba mucho bailar y fuimos a fiestas. Como a los 5 meses ella me dio una “señita" y me le declaré, duramos 3 años de novios y llevamos 7 de casados. Claro que para casarme con ella tuve que hacer un divorcio con Norma como ausente porque estaba en España y no quería hacerme el favor de firmarlo en la embajada. Gracias a Dios todo salió bien y ahora vivo muy contento con Martha. Ella me quiere y yo la quiero.



“Donde están los pajaritos
En aquel árbol están
Todos ellos se volaron
Con el tiempo volverán”


La música que nos recuerda diciembre en familia y que para Chica es un cántico a la alegría que le proporciona el baile, llena la sastrería y las voces se pierden en la melodía de las maracas y la percusión.


En el fondo pienso que pese al aire de melancolía, Chica es un romántico sastre al que imagino vestido con un saco de tela fina, de Everfit, que baila hasta que le apagan la música y duerme todo el día siguiente.


Agradecimiento a Carlos Alberto Chica. Sastre de toda la vida y a Melissa, mi editora favorita.

1 comentarios:

LuDwInG Tulande on 18 de marzo de 2013, 22:42 dijo...

Me gustan los detalles con los que narras tu historia.

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