jueves, 4 de octubre de 2012

La Crucifixión de Cristi. Una tarde en el cine porno

Publicado por Mimi Cano en 15:15
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En Medellín,  hablar de onanismo representa casi una afrenta a la moral y las buenas costumbres paisas. El solo hecho de decir masturbación, causa escozor y  hace voltear al que va al lado en el metro, para ver la cara del pervertido que se atreve a mencionarlo en público. Un pene o una vagina no son órganos sexuales, sino palabras en cuarentena que debemos mantener salvaguardadas en nuestro cerebro. Tememos a lo que llevamos todos entre las piernas y tememos más, si eso está en funcionamiento y se nos abre de par en par la puerta.

Otra cosa ocurre cuando los ciudadanos del común se van a desafiar la lengua y el lenguaje, adorar a onán y por qué no, dejar que en un momento de calentura, el travesti de la casa les dé una mamadita.  El teatro Villa Nueva está ubicado a dos cuadras del hotel Nutibara, justo debajo del Metro. Por fuera es como cualquier establecimiento del centro, plagado de vendedores ambulantes. La entrada es amplia y tiene un cubículo trasparente donde por cinco mil quinientos pesos, las rubias se desnudan y los hombres descubren que tienen sus muñecas fuertes y ágiles.

Al lado de la taquilla hay una cartelera donde se exhiben sin recato algunas imágenes promocionales de las películas, con sus respectivos títulos en inglés. –Body Shock, Comfart Cogktails y tantos otros cuyas traducciones no entran en mi pulcro vocabulario paisa.

Cuando me acerqué a la taquilla lo hice con decisión, quise simular ser uno más de los que entran a diario, adictos al porno y  las penetraciones, pero no pude, creo que mi cara, mis lentes, mi libreta y el lapicero que sostenía tímidamente en la mano izquierda, dejaban bien claro que era periodista o que yo creía que lo era.  La mujer detrás del vidrio empañado y sucio, tal vez  acostumbrada a ver siempre hombres, me miró con curiosidad y a la hora de pedir las entradas soltó una risita sutil.

-Cinco mil quinientos, y  hoy es promoción- En ese momento recordé el instante en que decidí venir y por un segundo me arrepentí, pero mis acompañantes se veían bastante cómodos, entonces decidí continuar y recibimos nuestras respectivas entradas. Un papelito rosado que decía Teatro Villa Nueva, y que acto seguido entregábamos a un tipo joven que lo rompía y depositaba en una urna de vidrio, que cuidaba la evidencia latente de que habíamos estado en un cine porno. El tipo nos explicó cómo funcionaba. Mencionó dos salas y que teníamos libertad de andar por ambas como quisiéramos. 

-Segundo y tercer piso- dijo él.  Yo asentí con la cabeza, ellos dijeron gracias y comenzamos a subir. Una escalera en forma de caracol, digna de un buen teatro de épocas pasadas nos conducía hacia la sala. Mientras ascendía recordaba la vez que vi Calígula con mi mejor amigo. Esa noche nos bebimos dos litros de Moscatel de uva y no llegamos siquiera a pensar en tener algún acercamiento. Ahora me preguntaba si tal vez, en esta sala, me asaltaría un fantasma libidinoso que pusiera humedad en mi entrepierna, o me dedicaría solo a documentar cada movimiento en mi libreta.

Entramos a la sala. Unos amigos a los que les había comentado mis planes, me recomendaron no sentarme (por obvias razones).Cuando ingresamos nos quedamos quietos por unos segundos, esperando que las retinas se acostumbraran a la penumbra. Yo aguantaba la respiración y seguía pensando en Calígula. Buscaba entre las sombras algún movimiento rítmico que me diera motivos para empezar a escribir. Algo que me diera para agarrar la mano de mi compañera y decirle que allá, al fondo en cualquier dirección, alguien estaba teniendo sexo con alguien. Pero nada así ocurrió y me quedé con los malos pensamientos enredados en los cabellos. Contrario a lo que habíamos planeado minutos antes de ingresar, nos sentamos.  Nos acomodamos y los tres al tiempo dijimos algo relacionado con lo asqueroso que era estar sentados.
Once personas en una sala para ciento cincuenta. Eso fue lo primero que apunté en mi libreta.
La sala estaba armonizada con música constantemente y aún conservaba el telón en el escenario donde algún día hicieron dramaturgia. Literalmente a gritos decía que eso había sido un teatro. La película que proyectaban era de una rubia y un tipo disfrazado de científico o algo por el estilo. Yo seguía mirando a todos lados, esperando algún sonido. Siendo masoquista porque sabía que si veía algo me iba a llenar de pánico y saldría corriendo. En ese momento pasaban por mi cabeza cosas absurdas. ¿La arena del gato estaría limpia? ¿Qué pensará la señora de la taquilla, que vinimos a hacer un trío? Miraba la pantalla con timidez y de vez en cuando, trataba de no enfocarme en el sexo y miraba las esquinas, como para convencerme que no hacía parte del séquito de pervertidos que se tocaban a oscuras en el teatro Villa Nueva.

Yo pocas veces he visto pornografía y no me considero fiel seguidora, soy de esas personas a las que les cuesta poner la palabra Pene o vagina en un escrito, y soy sutil cuando hablo de masturbación. ¿Qué me había llevado a ese lugar entonces, si no me gustaba ver películas porno? La curiosidad, si bien no me gusta ese género cinematográfico, me gusta lo bizarro y seguramente, ese instinto casi enfermizo que me conduce siempre al trato con gente así, me llevó a sentarme en una silla donde seguramente había más de un polvo.

Cuando volteé a mirar nuevamente la pantalla, la chica estaba acostada con las piernas de par en par, como las puertas del teatro. El hombre la penetraba con fuerza y pronunciaba frases que escaparon a mi precario entendimiento del inglés. La chica gritaba ¡oh yeah!  Y yo pensaba. Como siempre, el porno que he visto siempre ha sido igual. Mujeres que gritan al punto de que si fuera hombre me bajarían la erección. Ahora cambian de posición. Yo me acomodo en el asiento y miro con menos preocupación. Ya no me importa si la señora de la taquilla o mi mamá o también caerás y sus cámaras escondidas, me están mirando.

Me hago parte del teatro que se sostiene entre penes erectos y vaginas imaginarias. En ese momento, justo cuando he llegado a la plenitud que proporciona aceptar un gusto tabú, las luces se encienden.  Todos miran a sus costados con los ojos casi cerrados. Otros se llevan las manos a la cara para cubrirse y fingir desperezarse y uno, solo uno advierte mi presencia. Ese tipo a unas 10 filas de distancia me miró con rabia, como si estuviera irrumpiendo en su espacio. Me sentí  intimidada porque otros comenzaron a sentarse más cerca. Dos mujeres en la sala. Éramos el foco de las fieras que habían roto braguetas y tendones.  Éramos las mironas que tal vez merecían un castigo. Eso pensaba yo.

Las luces volvieron a apagarse y comenzó la segunda película. Esta si era cliché. La voz de una española hacía la narración. “Una sexi secretaria que aprovechaba la ausencia del jefe del aeropuerto para follar con todos” Las películas eran aproximadamente de los noventa, y los cortes de pelo y vello evidenciaban tal fecha. También la altura y forma de los calzones de la actriz, que llevaba puesto un vestido de flores. Salió de la oficina y salió al encuentro de sus  mecánicos en overol. Yo había tenido un pensamiento cerrado y machista que decía que el porno era solo para hombres. Solo en ese momento sentí que tenía razón. Los tipos no se percataban de que tenían las botas puestas o que sus penes salían por la bragueta del overol. Estaban allí como animales en celo.

Delante de nosotros se acomodó un hombre de unos cuarenta y tantos, llevaba un bolso. Seguramente había salido del trabajo y allí dentro tenía su uniforme y su coca del almuerzo. Se sentó y estiró las piernas. En medio de los gemidos de la mujer y los balbuceos de sus acompañantes, que emitían sonidos como de una invasión zombie, escuché como se abría el cierre del pantalón.  Con mucha destreza y tal vez experiencia volteaba a su izquierda y se masturbaba mientras nos miraba. Las únicas mujeres del teatro. Me asusté e imaginé que el tipo se levantaría y me echaría toda su porquería en la cara.  Yo tenía el bolso sobre las piernas y lo usaría de escudo, de ser necesario.

Difícilmente  pude acostumbrarme al pla pla pla pla de mi vecino, cuando escuché detrás otro sonido de esos que anuncian la pelea de cinco contra uno. Marica, Estábamos rodeados, les dije. Los hombres comenzaron a moverse de asiento constantemente, algunos para salir a contestar el celular y que tal vez no los delataran las chillonas actrices que ya no me causaban nada de gracia. Otros solo pasaban por las filas mirando detenidamente. Un travesti pasaba lento y se quedaba mirando, como esperando la más mínima señal, en medio de la oscuridad y el ruido, que le indicara que era hora de trabajar. El hombre delante de nosotros cambió de posición y de mano, al parecer era ambidiestro, esta vez miraba a esteban. Se tocaba y lo miraba, volvía la cabeza al otro lado y nos miraba. Yo comencé a molestarme, me provocaba gritarle y  que se retirara y nos dejara ver en paz la maldita porno, que dejara de ser sucio. Pero entonces recordé donde estaba y volví a imaginarme que el tipo me tiraría toda su cochinada encima, o peor aún que me clavaría su asquerosa verga en la boca. Recordé esa parte en El Anatomista, en que Mona Sofía, aún siendo una pequeña niña le arrancó el pene de un mordisco a uno de sus primeros clientes,  y la sensación que me provocó la lectura de ese párrafo  me ha venido perturbando cada vez que veo algo parecido. También vino a mi cabeza esa vez que en el bus de Buenos Aires un tipo al hacer la fila para bajarse me mostró su pene, baboso y enrojecido. Ese día tampoco grité porque el miembro me quedaba a la altura de la boca. 

La película se acabó y yo no supe si el man se vino y tampoco supe si mi vecino de asiento se vino. Había tenido la mente ocupada recordando cuanta tontería pudiera sacarme de ese momento tan incómodo. El caso es que comenzó inmediatamente otra. Los fotogramas no dan tregua al masturbador, la erección en un viejo debe ser difícil y hay que mantenerla dura.  Esta también era narrada por la española  y hablaba de una chica que se llamaba Cristi, y llevaba puesta una cadena con un crucifijo.  

En mi opinión el porno que presentan en el Teatro Villa-Nueva es malo, aunque no he visto una porno que haya tenido un contenido vasto antes del "mete y saca", estas eran demasiado obvias. Cristi eraba echada en una silla de playa con las tetas al aire mientras dos hombres corpulentos y con sonrisa de retrasados la "espiaban". Se acercaron y ya casi tenían una erección, se quitaron sus pantalonetas y ella ipso facto les hizo sexo oral. Derrumbaron la idea del espionaje y el misterio. Fue tan fácil que en ese momento a mi retorcida mente llegó la idea de que sería mejor si fingen una violación. Luego llegaron los otros dos. Caminando en puntillas como si ella no se diera cuanta que se la iban a comer.

A Cristi le tocaron cuatro. Y con todos podía y quería, al punto que todo se tornó asqueroso. Ella estaba de rodillas y los cuatro penes blandengues, rosados y viscosos la golpeaban en la cara. Ella tenía abierta la boca todo el tiempo, los hombres se tocaban entre ellos las puntas de sus miembros, disputándose el lugar del que quedara más cerca de ese cielo que era la boca de Cristi. Yo volvía a pensar que el porno era para hombres y que los hombres que lo veían eran todos unos maricas. O sea que estaba en una sala con un hombre, una mujer, un travesti y diez maricas hambrientos. La idea me aterró, me distraje mirando el telón que otrora cargaba historias y no polvo. Volví a la película cuando vi que Cristi estaba siendo penetrada brutalmente y gritaba como pidiendo auxilio. Con las actrices porno uno no sabe si es dolor o placer así que solo opté por decir “pobrecita, la están matando” Esto detonó una conversación entre mis interlocutores. Ellos que sí estaban viendo detenidamente advirtieron que las sombras de los camarógrafos se veían en el suelo, y en un vidrio se reflejaba el micrófono con el que grabaron los gemidos de Cristi y sus cuatro contendores.  

La conversación pasó de ser chistosa a ser una crítica de cine, contemplando épocas y producciones. Melissa sabía de varios y los mencionó. El tipo que todavía seguía con su erección a medias y del que ya comencé a dudar que se lograría venir, se volteó y se quedó de frente mirando la película. Un hombre salió a contestar el celular y el haz de luz llegó hasta nuestro vecino. Él hizo un movimiento brusco y se acomodó el pene en el pantalón. Le bajamos la erección dijo Esteban. Si mejor vámonos, dijo Melissa. Me puse de pie y me estiré, tengo la mala costumbre de pasarme las manos por las nalgas cuando me levanto de alguna silla, pero en ese momento sentí pavor de hacerlo. No quería ver mi reacción si algo húmedo se me escurría en los dedos, así que decidí olvidarlo y salir.

Afuera había unos tres o cuatro hombres fumando frente a un letrero de prohibido fumar, como pasa en todas partes ahora. Había mucha luz. Y definitivamente yo ni sabía qué hora era. Estaba desorientada y seguía pensando en Cristi, que todavía seguía gimiendo de placer y dolor en esa pantalla, donde su coño se veía tan suave y tan rosado que a veces me daban ganas de tener una novia rubia. O una porno de amiga. 

Fuimos al segundo piso, donde supuestamente había otra sala. En realidad eran palcos, omitimos el ingreso a estos porque ya había sido suficiente y estábamos asteados de ver penes y vaginas,  y los discípulos de Onán tirados en las sillas del teatro como si fueran reclinomatic.

 Al bajar al primer piso vimos otra vez a la señora de la taquilla. Preguntó cómo nos había ido, y entendí el por qué de su risa cuando nos vendió las entradas.  En ese momento vi también que todos llevaban uniforme, como en los cines grandes de los centros comerciales y que además era bastante ordenada en su cubículo. Respondimos que muy bien y le contamos, con mucha emoción que un tipo se había masturbado hasta que lo hicimos aburrir. Ella se rió y dijo que era normal y que eso era poco a comparación de lo que pasaba. Esto me llevó a pensar que yo no era tan mal pensada, ni tan perversa, y que simplemente estar en un cine porno implica necesariamente un acto sexual. Así yo no lo hubiera visto en las sombras. 

Me di cuenta que ese y cada recoveco del centro es un universo distinto, del que no estamos tan lejos y  que tal vez la sociedad común es la rara. Este teatro, aunque esté en decadencia, es un lugar que siempre tendrá sujetos dispuestos a pagar para ver la crucifixión de Cristi y tocarse un rato o dejarse tocar del travesti. Es un sitio donde personas como yo, van a descubrir que no está mal ver una porno aunque sea por curiosidad, y masturbarse de vez en cuando por salud-mental.


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