jueves, 17 de noviembre de 2011

De putas y Boteros

Publicado por Mimi Cano en 12:46
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Cindy Alejandra. 18 años cumplidos y muchísimos más vividos. "Uno cobra según el marrano" 




Crónica de ciudad. Un acercamiento directo a la urbe y sus habitantes. Medellín vista desde el límite entre el turismo, la cultura y la explotación sexual. cinco perspectivas distintas de lo que se vive en el centro de la ciudad. A continuación el paso a paso de la vida de cada uno de ellos, sus experiencias y reflexiones.


A 6 mil el almuerzo en el centro comercial, grita a viva voz un joven desde la plazuela Gutenberg. Frente a él, varias personas se disputan el alarido más alto de la venta de minutos a celular, juguetes, zapatos y todo lo que “está de moda”.

El centro ruge, la ciudad bulle, huele, habla, grita… y el murmullo no cesa, no se apaga. La urbe le obsequia a sus moradores un trozo de intranquilidad, zozobra, miedo, fatiga. Póngase el bolso para adelante, no hable por celular donde lo vean, camine rápido. Y uno hace todo esto mientras los turistas se toman fotos con las esculturas de Botero. Porque eso sí, el parque de Botero es un parque netamente cultural, o más bien multicultural, donde se chocan las emociones, las profesiones y los sueños, donde es normal que haya un museo, una iglesia y varios bares de prostitución, compartiendo el mismo espacio. Detrás del museo reposa la historia de la ciudad, pero las fotografías de la antigua Medellín se pierden en la inmensidad de las calles. Son fotografías tristes, nadie las mira. Ni siquiera advierten su presencia.

Medellín es la ciudad de Diego Misas, de Cindy Alejandra, de Marcela, de Nelson y de Rubén Darío, y el parque de Botero su escenario de trabajo, su segundo hogar, lo que les da la plata y el sustento.

Diego lleva trabajando aquí 9 años. Se ha desempeñado en varias labores, y en una de esas conoció a la mujer que le regaló la luz de su vida. “Yo vendía Bonice y ella minutos, todo empezó porque ella tenía problemas en la casa, empezamos a conversar y se fue formando una relación. Al principio ella no tenía ni para comer, entonces yo le traía el desayuno y así nos fuimos yendo hasta que comenzamos a vivir juntos y nació la niña”.

Actualmente Diego es lustrabotas, y no se queja de su oficio, dice que es un trabajo como cualquier otro y que la zona no le parece que sea mal ambiente. “A veces, en temporadas altas hay mucha seguridad. Ustedes ya saben… policías y hasta ejército, aunque no falta el gamín que quiera salir de pobre y se ponga a robarle a los extranjeros”  

Se acerca un hombre hablando por celular y se sienta en la silla que hay frente a Diego. Esa es la señal para indicarle que es hora de trabajar. Él se acomoda en el piso, saca una caja de betún de un color entre amarillo y naranja, y con un pedazo de tela roja comienza a aplicarlo sobre el cuero del zapato. Mientras lo hace le preguntamos cuánto cobra por la embetunada. “mil pesos si es un cliente habitual y si es cualquier persona son mil quinientos” replica él y levanta de vez en cuando la cabeza, como para señalarnos que no se ha perdido el hilo de la conversación.

Aleja se pierde en la cara pintada de un hombre y me dice que quiere entrevistarlo. Mario, un amigo, se va con ella.  Entre tanto un niño de menos de 6 años atrae mi atención. Lleva en sus hombros la cargadera de una nevera de icopor que se ve bastante pesada, y se acerca a una señora de edad que vende choco conos. Katherin lo llama y la señora se pone nerviosa, lo coge de la cabeza haciendo un gesto de protección y se lo lleva a unos pasos más de distancia. -Dame una bolsa de agua, replica mi amiga,  la señora viene, nos mira mal y dice que el niño no trabaja, que “solo está por ahí”. 
–Ah, ¿usted es la mamá?  “No, él solo anda por ahí” dice ella mientras saca de entre los hielos la bolsa de agua y recibe el dinero. La  señora y el niño se van. Los transeúntes siguen pasando, inadvertidos, llevados por la rutina de los días. El parque es un organismo vivo, pero no hay nada cambiante.

Diego se levanta para alcanzar unas medias viejas que se supone le darán el brillo a los zapatos de su cliente, y dice “ese niño sí es hijo de ella, lo que pasa es que como la ley se los quita entonces se azaran. En este parque se ve de todo, ¿ustedes ven esas peladas? –y  señala en dirección a la parte trasera del Palacio de la Cultura. Ellas se ganan la vida en este parque y apuesto que empezaron desde niñitas. Las de este lado son jovencitas como ellas, pero las de atrás, por la Veracruz y de ahí pa’ abajo son más gurresitas, más feítas, y hasta peladitas menores de edad”. Diego afirma que la prostitución en la zona es un problema, y que se agrava cuando se liga a las drogas como el sacol o el basuco, y relata que le da mucha tristeza ver a las niñas por el puente de prado hundidas en las bolsas de pegante.
            
            Las jóvenes que él nos señaló nos miraron, y aprovechamos para acercarnos a ellas.

Aleja continuaba conversando con el hombre de la cara pintada, la llamo y le señalo las muchachas, ella se despide de él y se aproxima.

Cindy Alejandra y Marcela son amigas y compañeras de trabajo. Se negaron a estudiar por ambición o por necesidad. Cindy Alejandra de 18 años dice que la vida no les da a todos las mismas oportunidades y que la única manera de conseguir plata es salir a “groseriar”, en lenguaje común, prostituirse. Marcela, con 24,  es un poco menos parca, es espontánea, tiene una voz muy gruesa, casi de hombre, entra en confianza fácilmente y nos cuenta que solo estudió hasta octavo. “el estudio es pa’ los brutos y yo ya sé mucho. A mí me gusta es el dinero, vivir bueno y suerte. Cuántos han estudiado y están en la calle, de ratas o de putas”

El aspecto de Marcela es agradable, tiene el cabello liso y negrísimo, casi le llega a la cintura. Está bien maquillada, nada exagerado. Lleva puesto un jean azul oscuro y una blusa arriba del ombligo. A menos que hable pasaría desapercibida.  Ella dice, con algo de orgullo o tal vez costumbre, que se dedica a quitarles la plata a los hombres y buscar esposo o esposa, aprovecha y le tira un piropo a Katherin diciéndole que está muy buena. De un momento a otro Marcela exhibe a mis compañeros una cicatriz larguísima que tiene detrás del brazo, es una puñalada, señala, “la calle es dura y la gente se encarga de volverlo a uno malo”
  
Por último se despide “la conversación está muy buena pero tengo afán” le grita a su amiga que no se demore con ese puto gringo y sale dando pasos largos a través del parque.

Cindy se queda sonriendo y me centro en ella, su aspecto es distinto, se la puede ver acabada a pesar de que es mucho más joven que Marcela. No está bien maquillada, posiblemente ni siquiera se haya bañado, los labios de Cindy son muy gruesos y se ven resecos en las comisuras. Su rostro tiene varias cicatrices y granos, es grasoso y ancho, tiene mejillas muy pronunciadas y unos bonitos ojos claros, opacados por un lápiz delineador azul mal aplicado, y un rímel negro regado por toda la extensión del párpado. Cindy conversa mucho pero muy lento, tiene un aspecto baboso que no produce nada de confianza. Lleva un short  azul sucio y una blusa muy corta. Se le ve el brassier rojo por los costados de las mangas, con manchas cafés tal vez por el exceso de uso. Lleva el pelo desordenado recogido hacia atrás, sandalias negras y las uñas a medio pintar. Como si llevara meses sin mirarse los pies. Totalmente descuidada, corroída por la urbe, el parque se traga poco a poco su esencia de mujer, las axilas y las piernas parecen no conocer una máquina de afeitar.

A Cindy no le gustan los turistas como clientes, dice que son muy “chichipatos”, que prefiere a los tipos que vayan a San Diego, que tienen carro y plata. “Uno cobra según el marrano, yo empiezo a trabajar a las 7 de la noche y salgo a la una, o dependiendo de si hay muchos manes me quedo hasta más tarde. Hay días buenos y malos como en todos los negocios, yo la semana pasada le saqué a un man 170 mil. Eso ha sido lo más alto que me han llegado a pagar”.

Sin recato, ella se atreve a clasificar a las putas. “las de allá por la Veracruz son muy güevonas, ellas lo dan muy barato. Ni decir las que van al  Venecia”.

El Venecia es un Grill ubicado una cuadra abajo de la iglesia de la Veracruz. En el camino hacia allá por toda la calle Carabobo hay un par de esculturas de Botero en las que juegan unos niños. Recostado en una de éstas, se encuentra el soldado Fernando Valencia. El asegura que el problema de inseguridad es impresionante, y nos cuenta que en los 13 días que lleva patrullando le han robado dos cascos. Valencia es bastante amable, y por esto no se ha librado de los insultos propinados por los manifestantes universitarios. “Esta semana vinieron unos estudiantes a gritarnos asesinos, y nos tiraron un montón de cosas. Yo estoy de acuerdo con que se hagan ver, no se pueden quedar callados. Yo también fui estudiante, pero es que ellos son muy violentos con uno”

Caminamos por Carabobo hasta llegar a la esquina de la iglesia La Veracruz, un hombre con un carrito de supermercado está vendiendo almuerzos a 3 mil quinientos y 4 mil. Dentro de la iglesia se oye el sermón del mediodía. Al frente los vegetarianos se dan un festín de  verduras y soya en Govindas. Las putas se pavonean por la plazoleta y  sueltan frases para llamar la atención de los hombres. Los transeúntes, simplemente caminan como autómatas, la ciudad se acostumbró a la desigualdad, a ver a las niñas vendiendo su cuerpo o amarradas por la boca a una bolsa de Sacol. Medellín es la más educada de un país que es pura pasión.

Venecia estaba cerrado con una reja blanca, tocamos el timbre y en el último escalón aparece un hombre que dice ser el dueño del bar. “yo abro a las dos  de la tarde, si quieren me esperan quince minuticos”. Aprovechamos el tiempo para visualizar la zona, a lado del Grill había un puesto de empanadas y un almacén de electrodomésticos. A los diez minutos bajó Nelson por las escalas esparciendo un aromatizante azul con la mano. Dijo que esperáramos que ya abría, y volvió a subir. El olor traspasó la reja y se apoderó de toda la acera, era un olor entre dulce y cítrico, olía como a pañal sucio con perfume de fresa.

A las 2 y 10 de la tarde, el vigilante abrió la puerta. Subimos. Las escalas de Venecia, estaban impregnadas del aromatizante, lo típico fue la luz de neón azul que caía sobre nuestras cabezas y que se hacía más intensa a medida que avanzábamos. El bar era bastante amplio, los baños estaban limpios y olían a Muss Bon Air, la fragancia que nos había estado invadiendo los pulmones desde la entrada. La barra estaba iluminada con varios tubos de colores distintos, tras ella Nelson ordena algunas botellas. Nos acercamos a él y comenzó a hablar. “Aquí se les colabora a las niñas, ellas traen al cliente y por el consumo que ellos hagan se les da una liga, las tenemos acostumbradas que el horario de entrada es de 2 a 3 de la tarde, la que no llegue a esa hora ya se queda afuera. Ellas ingresan y hacen el show de “estritís” los hombres las escogen y se van para el hotel que queda acá al lado. Allá también les dan una propina por llevar los clientes. Las peladas tienen muchas entradas de plata, pero no todas las saben aprovechar”

El Grill Venecia aparte de su olor característico y fastidioso tiene unas habitaciones que según Nelson son bodegas, pero una puerta mal cerrada contradijo su postura. En medio de los baños hay un afiche de Brooke Burke en vestido de baño. Al costado derecho del poster hay un dispensador de condones a 200 pesos. El bar ofrece la posibilidad de estar informado y al mismo tiempo el placer que para algunos proporcionan las películas porno. A ambos lados del establecimiento se puede ver una constante disputa, entre un televisor pequeño y viejo que presenta a Vicky Dávila en su franja de noticias, y un Tv plasma que muestra  una rubia que se atragantaba con un pene negro que parece de goma.


Nelson saluda cariñosamente a una de las “niñas” que acababa de entrar, ella se muestra esquiva ante nuestra presencia y no quiso acercarse. El Grill comienza su actividad habitual y nosotros tenemos que continuar. La próxima y última parada es el hotel donde según el dueño y administrador de Venecia, se hace el remate de las tardes y noches del bar.

Un letrero en luces de neón violeta advierte que ahora entramos a la zona donde está la acción. El hotel sin nombre está unos pasos del Grill, de él sale un hombre arreglándose la camisa. El señor agacha la cabeza cando nos ve y se va caminando muy rápido.

Ingresando al dudoso establecimiento nos atiende una señora de unos 40 años aproximadamente, que se niega a dar entrevistas y prefiere llamar al administrador. 

Pasamos a una sala de espera, hay unas mesas y unos muebles bastante cómodos. Rubén Darío se sienta dando la espalda a una ventana de vidrios tranparentes con una delgada cortina rosada. Nos ubicamos frente a él en una de las mesas y empezamos a conversar.

Rubén tiene un acento costeño permeado un poco por el paisa, pero que no pierde su esencia. Nos habla de sus ocupaciones, de los peligros que se corren en las noches y describe el hotel en su totalidad. “son dos pisos. En éste es ocasional y en el otro son amanecidas, la hora vale 5 mil pesos, pero a veces se cobra “la ficha” que es la propina para la niña. Suelen venir parejitas, pero mayormente el hotel se usa es para el ratico”. Mientras Rubén habla, el ventilador que hay en la habitación tras de él, mueve la cortina y se nos permite hacer parte de la acción. Ahora como espectadores. La pareja que se ve al fondo crea un foco de distracción, Rubén continúa conversando pero ahora toda nuestra atención está centrada en el movimiento de la cortina. Las escenas van pasando como viñetas en la ventana, primero estaban acostados, solo se veía la mitad del cuerpo de una mujer bastante robusta, y un tipo gordo.

“El hotel tiene 36 habitaciones en total, y me toca estar pendiente de todo, de los arreglitos, si se daña un ventilador, de que no consuman droga en las piezas…” La cortina se mueve nuevamente, esta vez están sentados, ella parece estar masturbándolo. Pronto comienzan a besarse. Solo se ve la espalda del tipo  y la cara de ella, que parece estar disfrutándolo. Le besa el cuello y la tela  vuelve a caer. Rubén relata que años atrás encontraron una prostituta degollada en una de las habitaciones,  y que él tiene que cuidarlas y guardarles las cosas para evitar que las roben. La cortina vuelve a correrse, esta vez están de pie. Rubén sigue hablando pero ya no le prestamos atención, estamos a la expectativa de lo que pueda pasar tras la ventana. Él le acaricia los senos, la mujer tiene un abdomen bastante pronunciado y busto pequeño. Entran al baño y tras de ellos se cierra una puerta.

Son las 3 y media de la tarde y todos deben regresar a sus labores, las prostitutas a la cama. Los turistas a las esculturas y museos, el padre a dar otro sermón, los vendedores ambulantes ya se ven cansados. La ciudad comienza a apagarse. Todos caminan lento. Nosotros volvemos a casa.

 Mientras haya hombres que paguen por sexo habrá mujeres que vendan su cuerpo…



Redacción: Ingrid Cano
Fotografía: Ingrid Cano
Entrevistas: Ingrid Cano, Alejandra López
Agradecimientos a Cindy Alejandra, Marcela, Nelson, Diego y Rubén Darío.
Acompañamiento de Krman Múnera y Katherin Yepez

3 comentarios:

Carolina Guerra on 21 de noviembre de 2011, 14:18 dijo...

Niñas les quedó muy bien, si bien la crónica es mi género preferido, ustedes hacen que me guste más con estas letras... Gracias por darme lo que comúnmente llamo y que me recuerda mucho a Ingrid un delicioso "coctel de letras" un abrazito :)

Purpúrea on 22 de noviembre de 2011, 12:24 dijo...

Un abrazo muy grande Colega!
:D

Cliente X on 14 de diciembre de 2016, 7:59 dijo...

está bien escrito, ¿pero qué tal si en vez de hacer una rápida pasada sobre este mundo os atrevéis a conocerlo más a fondo? porque veo q muchos hacen periodismo de paracaidas, q visitan las zonas donde se putea, hablan con las chicas, trabajadores y demás gente del entorno pero no llegan a compartir su mundo

y ese paso es fundamental para llegarles a comprender y valorarles

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