viernes, 14 de octubre de 2011

Tenía ganas de... Besar al poeta.

Publicado por Mimi Cano en 19:45
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Usted, y usted, también usted, 
sí, usted y usted también,
¡Todos están arrestados!

Me dicen, ¡para de escribir!
Escribe y te mostraremos a Guantánamo en casa,
Escribe y te mataremos.
Kabul, verano 2007
Manos esposadas, pies atados;
Éste es Afganistán, y éste de aquí adonde va a llegar,
Cadáveres sobre cadáveres.
El poema no tiene alternativa sino dejar de escribirse a sí mismo.
Ésta es la prisión.


Le preguntaron a un gorrión de Kabul
¿En resumen, qué trama la humanidad?
El gorrión meditó sobre esto y ¡se murió!

Así finalizaba la declamación del poeta afgano.
Había ido acompañada al evento, sin embargo a la hora de aplaudir estaba inevitablemente sola. El hombre que había estado a mi derecha durante el festival –dizque mi amigo, se había ido y no supe en qué momento su escuálida figura abandonó el teatro.

Tenía ganas de saltar al escenario y darle un beso al poeta.

Tenía ganas de que me hablara al oído y sin traductor en ese idioma de tantas “a”.

Tenía ganas…

Durante su estadía en las tablas miró al frente cuantas veces le permitían las pausas. Yo estaba en el centro, en la segunda fila y las luces cumplían su deber. Parecía que me miraba. Por un momento desapareció la demás gente, el teatro quedó totalmente vacío, solo estábamos él, el traductor y yo. Se me había quedado en la cabeza la parte del poema que dice ¡Todos están arrestados” y recordé.

Tenía ganas de arrestarlo.
Tenía ganas…

Volví a mí. EL teatro se llenó de nuevo. Mi imaginación se dio una pausa. Entonces noté que cada vez que el traductor nos entregaba la poesía en castellano, él sonreía. Yo quería que fuera conmigo, que su piel absolutamente morena estuviera frente a mí. Que su idioma no fuera obstáculo a la hora de comunicarnos.

¡Qué importa si puede o no pronunciar mi nombre, o yo el suyo!

Lo miré atentamente cuando se ocultó tras el telón. Me quedé bastante entorpecida con esos ojos tan negros y esa voz entre gruesa y aguda; entre beso y mordisco.
Salieron otro par de poetas extranjeros y uno Colombiano. Al final de la presentación planeaba irrumpir en el salón para secuestrarle los labios y robarle una sonrisa tan solo una vez. O quizá dos, tal vez tres…

Me fui del teatro en medio de la presentación de una poeta africana, pregunté por el baño. Entré y me enjuagué muy bien las manos para hacer tiempo y simular haberlo usado. Cuando me disponía a secarlas escuché al fondo la voz del afgano. Me puse nerviosa. ¿Y si salía y lo encontraba de frente? ¿Y si me veía? Y… si me ignoraba ¿cuál sería mi reacción? ¿Sería capaz de robarle aunque fuera un minuto?

No lo pensé más, salí del baño decidida a chocar con él.

La puerta se cerró detrás de mí, entonces el salón se hizo muy grande o yo me hice muy pequeña (más).  El poeta estaba ojeando una revista, me acerqué a la mesa con la excusa de comprar algún libro. Tomé el primero que vi. Era la compilación de todos los autores que participaban, entre ellos Kamram Mir Hazar, que todavía no había notado mi presencia.
En un último intento por estar cerca del poeta esperé que colocara la revista en su sitio y simulé querer verla, estiré mi mamo hasta casi rozar la suya, el volteó, me miró a los ojos,  y en un tono muy amable y con una sonrisa dijo algo que no pude comprender, pero que me heló los huesos y me hizo doler las rodillas. Tal vez era un insulto,  y yo me dejé llevar por su gesto. Pero no me importó, devolví la sonrisa y traté de hacerle creer que había entendido por lo menos una sílaba.


Compré la revista y se la obsequié a mi persona favorita. 

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