lunes, 19 de septiembre de 2011

Sala de espera

Publicado por Mimi Cano en 14:20
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Se despidió esa noche diciendo que su vuelo salía a las diez de la mañana, me quedé congelada como un imp pant frente a mi computador. Que a esa hora de la madrugada ya estaba cansado tal vez, y comenzaba a encender el ventilador que sonaba como turbina de avión a pequeña escala. Estaba aterrada, casi temblaba. Su vuelo estaría arribando a las tres de la tarde si todo salía bien y no había contratiempos.
Casi nadie (de los que llamo tercamente amigos) confiaba en que ella viniera a verme, pero yo nunca me perdí en las dudas de los otros y sus comentarios pesimistas. Sabía que me amaba, y que al otro día estaría en el aeropuerto de Rionegro esperando un abrazo fuerte de mi parte. Apagué la PC, puse suavemente la cabeza en la almohada y comencé a dar vueltas, se me pasó por la cabeza la espera un millón de veces, pero no quise traer a mi pensamiento el momento en que la viera cruzar alguna puerta o control de “seguridad” o maricada que inventan para fastidiar a un país tan jodidamente corrupto como este.
Ese momento no haría parte de mis ensoñaciones, lo dejaría pasar, que fuera tan real como los otros que todavía no suceden por falta de sellos en el pasaporte que aún no tengo.
Me detuve un momento, me quedé boca arriba y dejé que pasaran las horas.
Tres… cuatro… cinco de la mañana y yo no dormí. Y me levanté para ir a clase de siete, al fin y al cabo salía a eso de las 12 y me daba tiempo para ir al aeropuerto.
Las clases de ese viernes fueron más cortas de lo normal y de momento ya estaba en uno de los lugares más bien nombrados del mundo: la sala de espera… que en cualquier lugar, sea clínica, entidad gubernamental, laboratorio médico o en este caso aeropuerto... ¡es igual! ambiente frío, sillas idénticas estúpidamente filadas, televisores que todos miran como autómatas pero que ninguno atiende, y por último los ocupantes de la sala que por lo general tienen cara de… Persona desesperada que se impacienta en esperar.
Pues bien, yo estaba en el rango de persona desesperada que espera. un reloj decía que eran las cuatro y cinco de la tarde… otro decía que eran las cuatro y diez y el mío que estaba adelantado supuestamente, decía q eran las cuatro y veinte minutos. Mi pesimismo estaba a punto de vencer el amor y la paciencia que mi novia había conseguido fortalecer en esos meses, hasta que la vi salir arrastrando una maleta. No muy grande como para no guardar su ropa, pero si muy pequeña para meter ahí todo lo que llevaría de regreso a su país, después de entregarle los mejores días de nuestra vida.

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