lunes, 19 de septiembre de 2011

Rutina y amor

Publicado por Mimi Cano en 13:42
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¡Deja de mirarte los pies!

Esa era la primera frase que pronunciaba cuando llegaba. Siempre me encontraba tirada en el piso, alimentando mi fascinación por esta parte del cuerpo que le parecía insignificante.

Entonces se ponía en cuclillas y me miraba a los ojos –déjalo ya, vamos a cenar. Me convencía inmediatamente. Me tomaba con dulzura por el brazo y me ayudaba a levantarme. Iba a váter, me lavaba las manos. Me miraba incansablemente en el espejo, hasta que ella gritaba impaciente que se estaba enfriando.  Salía corriendo, dando saltitos cual niña adolescente por todo el apartamento, hasta llegar a sentarme con brusquedad en el comedor. Eres una nena -me decía mientras me acariciaba la mano que yo estiraba para coger la salsa. Yo respondía a sus caricias rozándole las piernas con mis pies desnudos, por debajo de la mesa.
Conversábamos durante la cena. Bueno, más bien ella hablaba, las cosas no iban bien en la editorial y la semana anterior habían despedido a tres de sus compañeros. Esto le preocupaba mucho. Yo la miraba con atención y leía de sus labios cada palaba, de un momento a otro la voz se iba desvaneciendo y me deleitaba con la mímica que hacía para contarme, con algo de indignación, que el Doctor Ramírez le había mandado a corregir nuevamente uno de sus textos. Era increíble la manera como ella podía transportarme solo con la voz.

(Es que si vieras mamá, me hablaba suavecito, y mantenía un tono parejo como si estuviese contando una historia o un cuento, yo nunca envejecí a su lado.)

Terminábamos la cena, ella regularmente tomaba una ducha a las nueve y media, yo a veces me colaba y la molestaba un ratico, pero solo a veces, porque llegaba muy cansada y se enojaba conmigo. Desde que viví con ella no te extrañé más a la hora de dormir, por mucho que fuera el agotamiento, me permitía encaramarme y abrazarla como hacía contigo a los cinco años. En ese tiempo estaba terminando de escribir su segunda novela y todas las noches me leía un par de páginas. Mientras el hilo de su voz se metía en mis oídos, yo rebuscaba entre las sábanas y jugaba con nuestros pies hasta quedarme dormida.

Mi reloj sonaba a las cuatro para ir a la universidad. Unas veces me levantaba solita, y otras ella tenía que hacer uso de la fuerza, recuerdo que me agarraba como un juguetito y me llevaba a la ducha.
La batalla no terminaba ahí, porque me sentaba a orinar y cuando miraba hacia el piso comenzaba a jugar con los dedos en las ranuras de las baldosas.
Entonces volvía a mí ese letargo, ese momento de intimidad ininterrumpida con mis pies. Hasta que la escuchaba, y esta vez sí me hablaba durito. -Seguro te estás mirando  los pies. A la ducha, se hace tarde.
Así fueron las primeras semanas. Algunas veces, cuando se le daba por escribir a las tres de la mañana, yo me despertaba por el ruido del teclado, pasaba la almohada para abajo y comenzaba a jugar con sus pies hasta que fueran las cuatro.  Creo que no le gustaba mucho porque decía que era rarísimo y que tenía q ver un psicólogo, a mi me parecía totalmente inocuo, pero sin embargo una vez le hice caso, bueno, por lo menos pedí la cita. Solo fui esa vez, así que nunca supe si era dañino o no.
Ya puedes ver que no era tan malo mamá, es una relación como cualquier otra, así vivíamos, cuando dejaste de hablarme, y casi nada ha cambiado, excepto la hora de levantarse.

Te perdiste de muchas tardes de domingo, de conversaciones interesantes. De esas que te gustan. Ella es muy conversadora y bastante inteligente, sabe un montón de cosas. Hemos aprendido mucho juntas y hacemos un buen equipo a la hora de escribir. Siempre quiso conocerte. Vendremos mañana.

Por favor, la hora de visitas ha terminado.

-Está bien mi amor, si dios quiere las veré mañana bien temprano.

Pero una última cosa. ¿Eres feliz?

Por supuesto, siempre he estado enamorada y todavía siento cosquillas cuando llega a la casa  y me saluda con un beso.
Chau, te amo viejita.

Mi madre murió tres horas más tarde. Siempre fue una mujer fuerte. Esperó cuarenta y cinco años para este momento, al que tanto le huí, y por el cual me fui del país, pero su cuerpo no resistió las once horas que faltaban para mostrarle dónde iba mi historia.

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