jueves, 1 de diciembre de 2011

Es primero, otra vez.

Publicado por Mimi Cano en 20:11
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Se merece más que unas líneas, pero por ahora solo encuentro letras que llenan distancias y ponen tibio el corazón. 

Despierto, me levanto y mis pies tocan el suelo frío como todos los días. Entonces recuerdo que es primero otra  vez y sonrío porque vienen a mí las imágenes de días pasados pero no pisados ni olvidados.

Regreso en el tiempo como una película en retrospectiva, y vuelvo a luchar con las lágrimas que querían salir ese día en el aeropuerto, y vuelvo a abrazarte. Sentir tu olor. Caminar de la mano junto a ti, saltar bajo la lluvia, correr, besarnos, despertar a los vecinos, reír, pelear, saber que nos tenemos.  Y vuelvo a esa plenitud hasta ahora nunca imaginada. Vuelvo a vivir en ti, y me preparo para vivir contigo, porque quiero la vida contigo. El correr y el escribir contigo, porque hasta en eso nos va excelente. Despertar a cualquier hora y verte aún dormida. 

En estos meses he aprendido a amarte con todo lo tuyo y admito haberme enamorado también de la Zamba Malató, de las vicuñas de peinados extremos, que le encantan a Malú porque sonríen, de las canciones,  de los sonidos del cajón,  de Perú negro y de Moldes.

A veces me parece algo loco todo lo que hemos hecho, la frontera se cruzó sin pasaporte desde hace varios meses. Es un amor libre y tranquilo.

 Te amo no alcanza, cariño. Feliz día :) 

jueves, 17 de noviembre de 2011

De putas y Boteros

Publicado por Mimi Cano en 12:46
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Cindy Alejandra. 18 años cumplidos y muchísimos más vividos. "Uno cobra según el marrano" 




Crónica de ciudad. Un acercamiento directo a la urbe y sus habitantes. Medellín vista desde el límite entre el turismo, la cultura y la explotación sexual. cinco perspectivas distintas de lo que se vive en el centro de la ciudad. A continuación el paso a paso de la vida de cada uno de ellos, sus experiencias y reflexiones.


A 6 mil el almuerzo en el centro comercial, grita a viva voz un joven desde la plazuela Gutenberg. Frente a él, varias personas se disputan el alarido más alto de la venta de minutos a celular, juguetes, zapatos y todo lo que “está de moda”.

El centro ruge, la ciudad bulle, huele, habla, grita… y el murmullo no cesa, no se apaga. La urbe le obsequia a sus moradores un trozo de intranquilidad, zozobra, miedo, fatiga. Póngase el bolso para adelante, no hable por celular donde lo vean, camine rápido. Y uno hace todo esto mientras los turistas se toman fotos con las esculturas de Botero. Porque eso sí, el parque de Botero es un parque netamente cultural, o más bien multicultural, donde se chocan las emociones, las profesiones y los sueños, donde es normal que haya un museo, una iglesia y varios bares de prostitución, compartiendo el mismo espacio. Detrás del museo reposa la historia de la ciudad, pero las fotografías de la antigua Medellín se pierden en la inmensidad de las calles. Son fotografías tristes, nadie las mira. Ni siquiera advierten su presencia.

Medellín es la ciudad de Diego Misas, de Cindy Alejandra, de Marcela, de Nelson y de Rubén Darío, y el parque de Botero su escenario de trabajo, su segundo hogar, lo que les da la plata y el sustento.

Diego lleva trabajando aquí 9 años. Se ha desempeñado en varias labores, y en una de esas conoció a la mujer que le regaló la luz de su vida. “Yo vendía Bonice y ella minutos, todo empezó porque ella tenía problemas en la casa, empezamos a conversar y se fue formando una relación. Al principio ella no tenía ni para comer, entonces yo le traía el desayuno y así nos fuimos yendo hasta que comenzamos a vivir juntos y nació la niña”.

Actualmente Diego es lustrabotas, y no se queja de su oficio, dice que es un trabajo como cualquier otro y que la zona no le parece que sea mal ambiente. “A veces, en temporadas altas hay mucha seguridad. Ustedes ya saben… policías y hasta ejército, aunque no falta el gamín que quiera salir de pobre y se ponga a robarle a los extranjeros”  

Se acerca un hombre hablando por celular y se sienta en la silla que hay frente a Diego. Esa es la señal para indicarle que es hora de trabajar. Él se acomoda en el piso, saca una caja de betún de un color entre amarillo y naranja, y con un pedazo de tela roja comienza a aplicarlo sobre el cuero del zapato. Mientras lo hace le preguntamos cuánto cobra por la embetunada. “mil pesos si es un cliente habitual y si es cualquier persona son mil quinientos” replica él y levanta de vez en cuando la cabeza, como para señalarnos que no se ha perdido el hilo de la conversación.

Aleja se pierde en la cara pintada de un hombre y me dice que quiere entrevistarlo. Mario, un amigo, se va con ella.  Entre tanto un niño de menos de 6 años atrae mi atención. Lleva en sus hombros la cargadera de una nevera de icopor que se ve bastante pesada, y se acerca a una señora de edad que vende choco conos. Katherin lo llama y la señora se pone nerviosa, lo coge de la cabeza haciendo un gesto de protección y se lo lleva a unos pasos más de distancia. -Dame una bolsa de agua, replica mi amiga,  la señora viene, nos mira mal y dice que el niño no trabaja, que “solo está por ahí”. 
–Ah, ¿usted es la mamá?  “No, él solo anda por ahí” dice ella mientras saca de entre los hielos la bolsa de agua y recibe el dinero. La  señora y el niño se van. Los transeúntes siguen pasando, inadvertidos, llevados por la rutina de los días. El parque es un organismo vivo, pero no hay nada cambiante.

Diego se levanta para alcanzar unas medias viejas que se supone le darán el brillo a los zapatos de su cliente, y dice “ese niño sí es hijo de ella, lo que pasa es que como la ley se los quita entonces se azaran. En este parque se ve de todo, ¿ustedes ven esas peladas? –y  señala en dirección a la parte trasera del Palacio de la Cultura. Ellas se ganan la vida en este parque y apuesto que empezaron desde niñitas. Las de este lado son jovencitas como ellas, pero las de atrás, por la Veracruz y de ahí pa’ abajo son más gurresitas, más feítas, y hasta peladitas menores de edad”. Diego afirma que la prostitución en la zona es un problema, y que se agrava cuando se liga a las drogas como el sacol o el basuco, y relata que le da mucha tristeza ver a las niñas por el puente de prado hundidas en las bolsas de pegante.
            
            Las jóvenes que él nos señaló nos miraron, y aprovechamos para acercarnos a ellas.

Aleja continuaba conversando con el hombre de la cara pintada, la llamo y le señalo las muchachas, ella se despide de él y se aproxima.

Cindy Alejandra y Marcela son amigas y compañeras de trabajo. Se negaron a estudiar por ambición o por necesidad. Cindy Alejandra de 18 años dice que la vida no les da a todos las mismas oportunidades y que la única manera de conseguir plata es salir a “groseriar”, en lenguaje común, prostituirse. Marcela, con 24,  es un poco menos parca, es espontánea, tiene una voz muy gruesa, casi de hombre, entra en confianza fácilmente y nos cuenta que solo estudió hasta octavo. “el estudio es pa’ los brutos y yo ya sé mucho. A mí me gusta es el dinero, vivir bueno y suerte. Cuántos han estudiado y están en la calle, de ratas o de putas”

El aspecto de Marcela es agradable, tiene el cabello liso y negrísimo, casi le llega a la cintura. Está bien maquillada, nada exagerado. Lleva puesto un jean azul oscuro y una blusa arriba del ombligo. A menos que hable pasaría desapercibida.  Ella dice, con algo de orgullo o tal vez costumbre, que se dedica a quitarles la plata a los hombres y buscar esposo o esposa, aprovecha y le tira un piropo a Katherin diciéndole que está muy buena. De un momento a otro Marcela exhibe a mis compañeros una cicatriz larguísima que tiene detrás del brazo, es una puñalada, señala, “la calle es dura y la gente se encarga de volverlo a uno malo”
  
Por último se despide “la conversación está muy buena pero tengo afán” le grita a su amiga que no se demore con ese puto gringo y sale dando pasos largos a través del parque.

Cindy se queda sonriendo y me centro en ella, su aspecto es distinto, se la puede ver acabada a pesar de que es mucho más joven que Marcela. No está bien maquillada, posiblemente ni siquiera se haya bañado, los labios de Cindy son muy gruesos y se ven resecos en las comisuras. Su rostro tiene varias cicatrices y granos, es grasoso y ancho, tiene mejillas muy pronunciadas y unos bonitos ojos claros, opacados por un lápiz delineador azul mal aplicado, y un rímel negro regado por toda la extensión del párpado. Cindy conversa mucho pero muy lento, tiene un aspecto baboso que no produce nada de confianza. Lleva un short  azul sucio y una blusa muy corta. Se le ve el brassier rojo por los costados de las mangas, con manchas cafés tal vez por el exceso de uso. Lleva el pelo desordenado recogido hacia atrás, sandalias negras y las uñas a medio pintar. Como si llevara meses sin mirarse los pies. Totalmente descuidada, corroída por la urbe, el parque se traga poco a poco su esencia de mujer, las axilas y las piernas parecen no conocer una máquina de afeitar.

A Cindy no le gustan los turistas como clientes, dice que son muy “chichipatos”, que prefiere a los tipos que vayan a San Diego, que tienen carro y plata. “Uno cobra según el marrano, yo empiezo a trabajar a las 7 de la noche y salgo a la una, o dependiendo de si hay muchos manes me quedo hasta más tarde. Hay días buenos y malos como en todos los negocios, yo la semana pasada le saqué a un man 170 mil. Eso ha sido lo más alto que me han llegado a pagar”.

Sin recato, ella se atreve a clasificar a las putas. “las de allá por la Veracruz son muy güevonas, ellas lo dan muy barato. Ni decir las que van al  Venecia”.

El Venecia es un Grill ubicado una cuadra abajo de la iglesia de la Veracruz. En el camino hacia allá por toda la calle Carabobo hay un par de esculturas de Botero en las que juegan unos niños. Recostado en una de éstas, se encuentra el soldado Fernando Valencia. El asegura que el problema de inseguridad es impresionante, y nos cuenta que en los 13 días que lleva patrullando le han robado dos cascos. Valencia es bastante amable, y por esto no se ha librado de los insultos propinados por los manifestantes universitarios. “Esta semana vinieron unos estudiantes a gritarnos asesinos, y nos tiraron un montón de cosas. Yo estoy de acuerdo con que se hagan ver, no se pueden quedar callados. Yo también fui estudiante, pero es que ellos son muy violentos con uno”

Caminamos por Carabobo hasta llegar a la esquina de la iglesia La Veracruz, un hombre con un carrito de supermercado está vendiendo almuerzos a 3 mil quinientos y 4 mil. Dentro de la iglesia se oye el sermón del mediodía. Al frente los vegetarianos se dan un festín de  verduras y soya en Govindas. Las putas se pavonean por la plazoleta y  sueltan frases para llamar la atención de los hombres. Los transeúntes, simplemente caminan como autómatas, la ciudad se acostumbró a la desigualdad, a ver a las niñas vendiendo su cuerpo o amarradas por la boca a una bolsa de Sacol. Medellín es la más educada de un país que es pura pasión.

Venecia estaba cerrado con una reja blanca, tocamos el timbre y en el último escalón aparece un hombre que dice ser el dueño del bar. “yo abro a las dos  de la tarde, si quieren me esperan quince minuticos”. Aprovechamos el tiempo para visualizar la zona, a lado del Grill había un puesto de empanadas y un almacén de electrodomésticos. A los diez minutos bajó Nelson por las escalas esparciendo un aromatizante azul con la mano. Dijo que esperáramos que ya abría, y volvió a subir. El olor traspasó la reja y se apoderó de toda la acera, era un olor entre dulce y cítrico, olía como a pañal sucio con perfume de fresa.

A las 2 y 10 de la tarde, el vigilante abrió la puerta. Subimos. Las escalas de Venecia, estaban impregnadas del aromatizante, lo típico fue la luz de neón azul que caía sobre nuestras cabezas y que se hacía más intensa a medida que avanzábamos. El bar era bastante amplio, los baños estaban limpios y olían a Muss Bon Air, la fragancia que nos había estado invadiendo los pulmones desde la entrada. La barra estaba iluminada con varios tubos de colores distintos, tras ella Nelson ordena algunas botellas. Nos acercamos a él y comenzó a hablar. “Aquí se les colabora a las niñas, ellas traen al cliente y por el consumo que ellos hagan se les da una liga, las tenemos acostumbradas que el horario de entrada es de 2 a 3 de la tarde, la que no llegue a esa hora ya se queda afuera. Ellas ingresan y hacen el show de “estritís” los hombres las escogen y se van para el hotel que queda acá al lado. Allá también les dan una propina por llevar los clientes. Las peladas tienen muchas entradas de plata, pero no todas las saben aprovechar”

El Grill Venecia aparte de su olor característico y fastidioso tiene unas habitaciones que según Nelson son bodegas, pero una puerta mal cerrada contradijo su postura. En medio de los baños hay un afiche de Brooke Burke en vestido de baño. Al costado derecho del poster hay un dispensador de condones a 200 pesos. El bar ofrece la posibilidad de estar informado y al mismo tiempo el placer que para algunos proporcionan las películas porno. A ambos lados del establecimiento se puede ver una constante disputa, entre un televisor pequeño y viejo que presenta a Vicky Dávila en su franja de noticias, y un Tv plasma que muestra  una rubia que se atragantaba con un pene negro que parece de goma.


Nelson saluda cariñosamente a una de las “niñas” que acababa de entrar, ella se muestra esquiva ante nuestra presencia y no quiso acercarse. El Grill comienza su actividad habitual y nosotros tenemos que continuar. La próxima y última parada es el hotel donde según el dueño y administrador de Venecia, se hace el remate de las tardes y noches del bar.

Un letrero en luces de neón violeta advierte que ahora entramos a la zona donde está la acción. El hotel sin nombre está unos pasos del Grill, de él sale un hombre arreglándose la camisa. El señor agacha la cabeza cando nos ve y se va caminando muy rápido.

Ingresando al dudoso establecimiento nos atiende una señora de unos 40 años aproximadamente, que se niega a dar entrevistas y prefiere llamar al administrador. 

Pasamos a una sala de espera, hay unas mesas y unos muebles bastante cómodos. Rubén Darío se sienta dando la espalda a una ventana de vidrios tranparentes con una delgada cortina rosada. Nos ubicamos frente a él en una de las mesas y empezamos a conversar.

Rubén tiene un acento costeño permeado un poco por el paisa, pero que no pierde su esencia. Nos habla de sus ocupaciones, de los peligros que se corren en las noches y describe el hotel en su totalidad. “son dos pisos. En éste es ocasional y en el otro son amanecidas, la hora vale 5 mil pesos, pero a veces se cobra “la ficha” que es la propina para la niña. Suelen venir parejitas, pero mayormente el hotel se usa es para el ratico”. Mientras Rubén habla, el ventilador que hay en la habitación tras de él, mueve la cortina y se nos permite hacer parte de la acción. Ahora como espectadores. La pareja que se ve al fondo crea un foco de distracción, Rubén continúa conversando pero ahora toda nuestra atención está centrada en el movimiento de la cortina. Las escenas van pasando como viñetas en la ventana, primero estaban acostados, solo se veía la mitad del cuerpo de una mujer bastante robusta, y un tipo gordo.

“El hotel tiene 36 habitaciones en total, y me toca estar pendiente de todo, de los arreglitos, si se daña un ventilador, de que no consuman droga en las piezas…” La cortina se mueve nuevamente, esta vez están sentados, ella parece estar masturbándolo. Pronto comienzan a besarse. Solo se ve la espalda del tipo  y la cara de ella, que parece estar disfrutándolo. Le besa el cuello y la tela  vuelve a caer. Rubén relata que años atrás encontraron una prostituta degollada en una de las habitaciones,  y que él tiene que cuidarlas y guardarles las cosas para evitar que las roben. La cortina vuelve a correrse, esta vez están de pie. Rubén sigue hablando pero ya no le prestamos atención, estamos a la expectativa de lo que pueda pasar tras la ventana. Él le acaricia los senos, la mujer tiene un abdomen bastante pronunciado y busto pequeño. Entran al baño y tras de ellos se cierra una puerta.

Son las 3 y media de la tarde y todos deben regresar a sus labores, las prostitutas a la cama. Los turistas a las esculturas y museos, el padre a dar otro sermón, los vendedores ambulantes ya se ven cansados. La ciudad comienza a apagarse. Todos caminan lento. Nosotros volvemos a casa.

 Mientras haya hombres que paguen por sexo habrá mujeres que vendan su cuerpo…



Redacción: Ingrid Cano
Fotografía: Ingrid Cano
Entrevistas: Ingrid Cano, Alejandra López
Agradecimientos a Cindy Alejandra, Marcela, Nelson, Diego y Rubén Darío.
Acompañamiento de Krman Múnera y Katherin Yepez

viernes, 11 de noviembre de 2011

El aleteo de la mariposa

Publicado por Mimi Cano en 20:35
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Amuleto peruano de amor. Semillas de huayruro.
"porque se encierran sentimientos fuertes en objetos muy frágiles"
Estaba partido en dos. Derramándosele las semillas y el aceite que las mantenía siempre brillantes.

Y yo trataba de encontrar un porqué. Intentaba hallar el eslabón roto en la cadena del desastre.

Últimamente me ha dado por creer en la suerte. Quizá alguna vez pisé un grillo, pasé bajo una escalera, rompí un espejo o simplemente dejé regar la sal en la cocina. Lo cierto es que alguna de estas supersticiones, hoy me estaba jodiendo la noche y por ende el día de mañana.

Se rompió se rompió se rompió. Me repetía mentalmente mientras con miedo bajaba la mirada al suelo para confirmar el desastre. Pude ver la tapita metálica a un lado y el tubo de vidrio súper delgado al otro. Entre ellos un par de semillas, que parecían querer escapar de su carcelero. El aceite se derramó, lo sequé con mis dedos sin miedo a las posibles esquirlas.

Intenté repararlo, usé pega de secado rápido, pero lo único que hice fue adherirme los dedos al tubo metálico que la contenía. No funcionaba,  Yuliana me decía que le pusiera cinta transparente. Yo estaba intentado retener la cólera, frenando uno de esos ataques de ira que me dan cuando pierdo el control total de las cosas. Creía estar en calma, pero ¡no! Una parte de mi quería explotar y lanzar el amuleto al piso, para después reclamarle por qué se había roto, y ver las semillitas de huayruro rodar por las baldosas. Y luego sentarme a llorar y preguntar por qué se almacenan sentimientos tan fuertes en objetos tan frágiles.

Pero no lo hice. Tomé la cinta. Le cubrí la parte rota y lo puse patas arriba para que no se terminara de derramar el aceite.

Hoy me acosté temprano, nunca lo hago. Tal vez era el cansancio o el simple hecho de nutrir la cadena del caos. Estaba a punto de quedar sumida en el sueño más pesado. El sueño del viernes. Del último día de clases en la semana.

               Había dejado sobre otra cama mi PC, mis lentes y mi amuleto. Mi prima me despertó, me dijo que recogiera todo  y lo llevara a mi habitación. Accedí, tomé los lentes y el amuleto y los coloqué encima del PC. No di más de dos pasos y los objetos sobre la máquina se deslizaron como mantequilla. Y ¡mierda mierda mierda! Sentí un pequeño sonidito que me heló los huesos. ¡Clap! Me quedé totalmente quieta por unos segundos. Pensando, deseando, y hasta rogando que no se hubiera roto, pero cuando aparté el PC ahí estaba. Quebrado, abierto en dos, partido el vidrio en pedacitos. En ese momento se me arrugó el corazón y se me ennegreció el pensamiento.

Quizá si no hubiese comido tanto en la universidad, no habría llegado cansada. Por lo tanto el sueño no se haría presente tan pronto y me habría quitado el amuleto en mi habitación, evitando el traslado que provocó el cataclismo. Será que si no hubiese pisado el grillo, ni pasado bajo la escalera, ni quebrado el espejo, ni regado la sal. ¿habría posibilidades de evitarlo?
Pero nada sucedió así. Tal vez desde mi nacimiento estaría escrito que un error de cálculo o de equilibrio, me haría llorar el día 11/11/11 por un objeto que viajó millas aéreas para regalarme muchas sonrisas. 

Mi cielo, me senté a escribir. Aparté de mi cabeza todos los malos pensamientos, busqué la imagen para el blog y decía que eran amuletos para atraer el dinero y la fama. Tú me habías dicho, cuando bajábamos del aeropuerto, que era de amor y todavía lo creo. Y me gusta más ese significado, porque ése no es frágil como el cristal. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

La libertad es para indigentes

Publicado por Mimi Cano en 18:14
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¡Hay que dejar de ser humano!
Emborracharse con licor barato y terminar yendo con las putas.
Ir al cine porno, mirar muchachitas
Sanar el cuerpo, exorcizar la energía… ¡eyacular!  

Hay que dejar de ser humano
Para poder lidiar con la burocracia
Para no pagar impuestos.
Que te corten la luz. El agua. El teléfono…
y te digan que sin servicios públicos no eres más que un troglodita.
Un hombre libre, tal vez
 el hombre libre mea en las aceras y en los parques. 
Y los burócratas, los empleados, los transeúntes, vos y yo lo llamamos indigente.
Hay que ser indigente para dejar de ser humano, pensé.

jueves, 3 de noviembre de 2011

YO NO PEDÍ UN ELMO COSQUILLAS

Publicado por Mimi Cano en 21:54
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Relato de una ex resentida, dolida y vieja. 


Si a los 5 años no gozaste de un muñeco  rojo que se ríe mecánicamente, y que parece una versión nueva y mejorada de chucky, a los 20 que ni te lo muestren.

Susana tenía un severo gusto u obsesión por  los muñecos de peluche, cosa que yo aceptaba… (Aparentemente). Había en su cuarto una especie de repisa donde ponía y acomodaba compulsivamente por orden de estatura y de color, cada uno de los diabólicos pedazos de trapo que le regalaban sus amigos, vecinos, ex novias y otros varios.

Nunca pasé en su habitación más de una noche, eso sí, con la luz apagada. Temía a sus muñecos y a ella cuando los miraba con ese amor y esa ternura que profesaba por cada uno de los inertes.  
Bastaba con decirle Susana… esto se ve atiborrado de peluches, creo que deberías regalar o guardar algunos. ¡NO!  Era su respuesta. ¡NO, NO, NO Y NO! Y no había poder humano que pudiera convencerla. Yo, como dije antes lograba convivir con eso, sin embargo soñaba con algún día poderles prender fuego a los putos peluches cargados de recuerdos, de ilusiones, de risas frustradas. Y tal vez de una infancia nunca madurada o más bien nunca vivida. Mi ex, porque ahora es ex, era una maldita loca con delirios de infanta en etapa anal. Pero yo la quería (aaaww)

La mamá. -Dizque mi suegra, le decía Susanita, y yo moría de ira. Apretaba la boca y entre los dientes le decía “te llaman…” debo admitir que el diminutivo sumado con la repisa solo me hacían sentir como una pedófila.  Susana se sentaba a comer con sus papás,  daban gracias y se tomaban de las manos como un clan indígena o alguna secta, su padre también dizque mi suegro, le decía que me dejara, que yo era hippie, salvaje y demasiado mayor. Nunca supe a qué se refería con mayor porque cronológicamente Susanita o Susana me lleva varios meses de diferencia. 

MI Susana cumplió años y le compré  una pipa hecha y tallada a mano por artesanos chilenos (esta información no es del todo verídica) tiene un grabado que yo llamo “garabato en forma de lengua lamiendo unas nalgas”. No sé si le gustará. Imagino la cantidad de bolsas de regalo con animales peludos, felpudos, incómodos, molestos y ordinarios que hoy posiblemente ocupan mi lado de la cama. 


Por encima de una de las bolsas se veía un mechón de pelo rojo. Me acerqué. Era la de papi que seguramente, fue a la tienda más cara y consiguió competencia para mi pipa “importada”. La noche corrió lentísimo, cenamos, encendimos las velas, pedimos deseos, sí, pedimos todos. Y por último las apagamos para dar inicio a la apertura de los paquetes. Esa noche, según los regalos que recibió Susanita me di cuenta de que follaba muy bien, y era eso lo que me tenía amarrada a ella. Brillos de labios, muñecos, productos para la cara, las uñas y otras maricadas para el pelo, hacían parte del menú de artículos que esa noche se disputaban protagonismo con mi insignificante pipa.

Llegamos al regalo más esperado. El de papi. Un muñeco de lo más marica, un Elmo cosquillas. Eso bastó para que me mandara a la mierda, o más bien para que yo reaccionara al verla totalmente convertida en un bebito digno de teta, embelesada con el maldito pedazo de robot rojo y peludo. Susanita Méndez esa noche dejó de ser Mi Susana. La que se revolcaba conmigo sin ropa bajo las sábanas y la que me hacía el amor en los baños de los bares, por un momento la vi en mi regazo pegada de mi busto cual sanguijuela y la imagen me aterró.

Me alejé del montón sintiendo que había perdido el tiempo, el amor  y la pipa. 

martes, 18 de octubre de 2011

Basura

Publicado por Mimi Cano en 21:11
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Ten algo de valor. Vamos, dale una bofetada al viento, atrapemos las mariposas con nuestros cepillos de Dientes. 
¡VOLEMOS! 
Castremos a San Pedro, vamos al infierno a traer el sombrero de Michael Jackson. 
Vamos a embriagarnos con agua de mar, dejemos de lado las malas noticias, incendiemos los noticieros.
Cortémosle la barba a Fidel para hacer una almohada de pelos a Obama. Vamos a Japón, a Francia. Madrid. Estocolmo. Prusia. Egipto. Vamos a desterrar el imperio Romano. Vamos a broncearnos al sol, y nadar en la luna.

viernes, 14 de octubre de 2011

Tenía ganas de... Besar al poeta.

Publicado por Mimi Cano en 19:45
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Usted, y usted, también usted, 
sí, usted y usted también,
¡Todos están arrestados!

Me dicen, ¡para de escribir!
Escribe y te mostraremos a Guantánamo en casa,
Escribe y te mataremos.
Kabul, verano 2007
Manos esposadas, pies atados;
Éste es Afganistán, y éste de aquí adonde va a llegar,
Cadáveres sobre cadáveres.
El poema no tiene alternativa sino dejar de escribirse a sí mismo.
Ésta es la prisión.


Le preguntaron a un gorrión de Kabul
¿En resumen, qué trama la humanidad?
El gorrión meditó sobre esto y ¡se murió!

Así finalizaba la declamación del poeta afgano.
Había ido acompañada al evento, sin embargo a la hora de aplaudir estaba inevitablemente sola. El hombre que había estado a mi derecha durante el festival –dizque mi amigo, se había ido y no supe en qué momento su escuálida figura abandonó el teatro.

Tenía ganas de saltar al escenario y darle un beso al poeta.

Tenía ganas de que me hablara al oído y sin traductor en ese idioma de tantas “a”.

Tenía ganas…

Durante su estadía en las tablas miró al frente cuantas veces le permitían las pausas. Yo estaba en el centro, en la segunda fila y las luces cumplían su deber. Parecía que me miraba. Por un momento desapareció la demás gente, el teatro quedó totalmente vacío, solo estábamos él, el traductor y yo. Se me había quedado en la cabeza la parte del poema que dice ¡Todos están arrestados” y recordé.

Tenía ganas de arrestarlo.
Tenía ganas…

Volví a mí. EL teatro se llenó de nuevo. Mi imaginación se dio una pausa. Entonces noté que cada vez que el traductor nos entregaba la poesía en castellano, él sonreía. Yo quería que fuera conmigo, que su piel absolutamente morena estuviera frente a mí. Que su idioma no fuera obstáculo a la hora de comunicarnos.

¡Qué importa si puede o no pronunciar mi nombre, o yo el suyo!

Lo miré atentamente cuando se ocultó tras el telón. Me quedé bastante entorpecida con esos ojos tan negros y esa voz entre gruesa y aguda; entre beso y mordisco.
Salieron otro par de poetas extranjeros y uno Colombiano. Al final de la presentación planeaba irrumpir en el salón para secuestrarle los labios y robarle una sonrisa tan solo una vez. O quizá dos, tal vez tres…

Me fui del teatro en medio de la presentación de una poeta africana, pregunté por el baño. Entré y me enjuagué muy bien las manos para hacer tiempo y simular haberlo usado. Cuando me disponía a secarlas escuché al fondo la voz del afgano. Me puse nerviosa. ¿Y si salía y lo encontraba de frente? ¿Y si me veía? Y… si me ignoraba ¿cuál sería mi reacción? ¿Sería capaz de robarle aunque fuera un minuto?

No lo pensé más, salí del baño decidida a chocar con él.

La puerta se cerró detrás de mí, entonces el salón se hizo muy grande o yo me hice muy pequeña (más).  El poeta estaba ojeando una revista, me acerqué a la mesa con la excusa de comprar algún libro. Tomé el primero que vi. Era la compilación de todos los autores que participaban, entre ellos Kamram Mir Hazar, que todavía no había notado mi presencia.
En un último intento por estar cerca del poeta esperé que colocara la revista en su sitio y simulé querer verla, estiré mi mamo hasta casi rozar la suya, el volteó, me miró a los ojos,  y en un tono muy amable y con una sonrisa dijo algo que no pude comprender, pero que me heló los huesos y me hizo doler las rodillas. Tal vez era un insulto,  y yo me dejé llevar por su gesto. Pero no me importó, devolví la sonrisa y traté de hacerle creer que había entendido por lo menos una sílaba.


Compré la revista y se la obsequié a mi persona favorita. 

miércoles, 12 de octubre de 2011

Visitar un centro de rehabilitación

Publicado por Mimi Cano en 18:18
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Se nota la soledad en que viven, en la casa hay una biblioteca con unas colecciones muy bonitas de libros, algunas empolvadas. Intenté agarrar uno pero se me vinieron 3 pegados, tal vez por falta de uso. No estoy diciendo que no leen, solo que quizá leen poco. El sistema de terapia de choque para quienes no acatan la norma o son reincidentes se llama confrontación. El "acusado" va al banquillo, se sienta con la columna recta, las manos sobre las rodillas y la cabeza baja como dispuesto a recibir la extremaunción o en su defecto la pena de muerte. El otro compañero se pone en frente, puede jugar con el espacio para intimidar, le dice un par de frases "severas"  como -usted vino a echar barriga, a engordar. ¡No hace nada productivo compañero! con el fin de hacerlo entrar en razón, pero las heridas se convierten en callos. Sanan y se hacen duras despues de mucho tocarlas. Me pregunto si les duele todavía que les digan holgazanes...


Al principio me parecieron algo tontas las confrontaciones, sí, ¡tontas! Se hablaban como cuando uno derrama la leche y la mamá lo regaña. Usaban mucho las mismas palabras “hermano” “cambie” “futuro” “pasado” y todas aquellas que solo nos ponen a pensar en Paulo Cohelo que ojalá Dios lo tuviera ya en su santa gloria. Pasan dos o tres que repiten lo mismo pero uno de ellos sale y me deja intrigada, le ha correspondido el papel de juez, le habla a su compañero de una familia y una hija, le reclama haberlas abandonado, al principio pensé –claro, se ven todos los días y se conocen la vida de todos, pero en realidad hablaba de la suya, de su familia y su hija con la voz entrecortada. El logró conmoverme como pocos lo habían hecho, también un joven que perdió a toda su familia. Imaginé estar en su lugar y no me creí capaz de hacer la elaboración del duelo de un ser querido, ni siquiera de un amigo o una pareja. 
Definitivamente son fuertes y valientes.


En mi concepto el centro funciona  como un lavado de cerebro y de espíritu que define y castiga los malos comportamientos creando soldados de la moral. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

"Espacio libre de humo"

Publicado por Mimi Cano en 21:53
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Archivo de Grupo en FB Libido Bar


Todos alguna vez hemos visto películas de vampiros (sí, si... también cuenta la saga Crepúsculo) Pues bien, ahora en pleno siglo XXI, puedes ir caminando por la calle y encontrar a uno de estos inmortales tenebrosos que nunca salieron del armario ni de debajo de la cama.

La primera vez que entré a Libido (en Aranjuez) estuve a punto de salir corriendo, sin embargo me quedé unas horas, no sin tener el presentimiento de que en algún momento alguien me saltaría al cuello  -Asocié el lugar Drácula 2001 de Patrick Lussier. Que por supuesto hace 11 años daba miedo. Pero fue todo lo contrario, nadie se entera que estás ahí, salvo los que te conocen. Cuando entras a Libido te conviertes en uno más, seas hombre, mujer, gay, lesbiana, dark, rockero, metalero. O en el mejor de los casos… Vampiro.
Ahora ingresar a Libido no es una experiencia tan traumatizante para los nuevos, no es como la entrada al infierno, por el contrario es una puerta pequeñísima con el logo del bar encima. (Cualquiera podría confundirse y perderse) el bar queda en un segundo piso, ahora no hay que tocar a la puerta ni nada por el estilo, simplemente entras, y así fue.
Lo primero que hicieron mis amigas al estar dentro fue preguntarme por el baño de niñas; que si era SEGURO. -Realmente no sé a qué se referían con seguro, pero no me importó, igual noté que lo dijeron con cara de…  ¿no perderé la vida por entrar al baño, verdad? Fui a mostrarles donde estaba ubicado. En la entrada del “salón principal” hay un par de sofás viejos y gastados, un espejo con remiendos que seguramente carga siglos de mala suerte y un parlante.
Como sobrepuesto en el trayecto hacia el baño y frente al parlante  estaba el dueño del bar, más conocido como Mario Libido. Generalmente Mario hace performances referentes a las canciones que suenan, y lo hace frente al parlante, la verdad no sé como lo soporta, supongo que es costumbre. El hecho es que Nía que se dirigía al baño lo miró espantada y rodeó la figura que se balanceaba en las sombras, esquivando quizá una mirada o un golpe del cuerpo agitado por la música.  La puerta se cerró detrás de ella y se encendió una LUZ ROJA.
Comenzaron a llegar los demás, Nos reunimos en un extremo del bar donde había dos sillones casi igual de viejos, sucios y gastados que los de la entrada. Se sentaron. Mientras deliberábamos el trago y recogíamos la plata, Nía comparaba los bares a los que había ido con Libido. Recuerdo que resaltaba mucho el hecho de que los muebles estaban rotos y que en la pared  había una pintura de un pene volador gigante con una chica semidesnuda encima. Ellos estaban sentados, yo bailaba. Me sentía como pez en el agua, mientras mis amigas se quedaban sin oxígeno.
El profesor Wilmer  preguntó que dónde estaba la semiósfera del sexo, todos miraron intrigados. Los llevé a una habitación que hay en la entrada. Señalé lo que parecía un “privado”, hicieron varios comentarios de tipo higiénico, lo cual me pareció un poco gracioso teniendo en cuenta que ya se habían sentado en esos muebles rotos de dudosa coloración grisácea. El lugar que indiqué y que varios reprocharon era una esquina de la habitación donde había una silla Rimax blanca estúpidamente “protegida” por una cortina negra.  
Se acercó Mario Libido a darnos la bienvenida, hizo algunas frases referentes al trabajo de campo que haríamos en su bar, encendió una vela en una improvisada mesa de centro y se fue cantando una canción que desconozco.
Volvimos a los sofás. Comenzamos a beber. Mencioné a D un par de veces para  esbozarles  los personajes que frecuentaban el bar. D sería el tipo de persona que las paralizaría en caso de encontrarlo “casualmente” en la calle.
Después de conversar largo rato me retiré para seguir bailando con unos amigos que estaban más lejos. Otro guaro, otro cigarro. La noche empezaba a tener forma, la libido de los asistentes comenzaba a subir. Mario decía frases por el micrófono en el intermedio de las canciones, y de vez en cuando dramatizaba alguna, ofreciendo un Show muy completo, Yas Mencionaba la frase escrita en el baño que decía “hoy no he vomitado” los demás se estaban aclimatando, acostumbrando. De pronto alguien señaló hacia la entrada y dijo: ahí está el “man” de la falda.
Salí para tomar aire. D estaba en el balcón del bar conversando con un tipo, cuando me vio paró su verborrea y me saludó calurosamente, me ofreció un cigarro y una cerveza, accedí a uno de los dos. Salimos a bailar. No supe qué pasó con el tipo que se quedó mirando sin mucho agrado.
D no se puede clasificar por ser hombre, mujer, ángel o demonio. Él mismo se ubica en una categoría que sobrepasa mi imaginación y mis miedos.
Seguimos bailando, le pregunté por su falda, que por qué la usaba,  -comodidad, Respondió tranquilamente y me hizo una invitación a ver lo que traía debajo de la tela negra. No me negué. No estaba desnudo si es lo que se cree. Seguimos bailando, sentía el olor del sudor por debajo de su perfume de Tommy Hilfiger, que me recordó el profesor de inglés del colegio. La música estaba más alta, los tragos pasaban más suaves, el licor hacía lo suyo en mi organismo y D me movía como si fuera una muñequita de trapo, él con sus botas de plataforma sencillamente podía pasar el metro setenta y yo con mis tenis apenas alcanzaba el metro cincuenta que NO consta en mi cédula.

Hacía calor, la mayoría estaban bailando, Libido es un lugar para bailar, para dejarse llevar de la música y el ambiente que promueve por todas partes la insurrección y el desatino. Las pinturas y la oscuridad son más reveladoras que cualquier cosa, allí se puede ser quién uno quiera. La semiósfera ofrece un sinfín de posibilidades para adaptarse, integrarse y hasta ligar. Los estereotipos desaparecen, solo hay seres danzando, fumando, bebiendo, ligando o teniendo sexo en un rincón. Seres tal vez sin alma y sin género.
Mario es como el padre que se sienta en la cabecera del comedor, Libido es la casa y los asistentes la familia que sobrepasa los límites de la moral, que trasgrede las reglas y se divierte haciéndolo.
Y en eso estaba, en la diversión. Los “cuerpos sin vida” bailaban y se mecían de un lado a otro del bar al ritmo de Nirvana. D continuaba frente a mí con una botella de Pilsen en una mano y un cigarro en la otra. Se acercaba suavemente a mi oído y me decía que tenía trescientos años, y que quería clavar sus incisivos en mi cuello, yo me reía y me escurría jugando con un amuleto de semillas de huairuro que colgaba de mi nuca. D volvía a acercarse y cantaba Du hast mich, volvía a alejarse para golpear el piso con sus botas… así estuvimos un buen rato y cuando menos pensé lo tenía pegado al hombro a unos siete centímetros de mi yugular. Salí de eso con el solo guitarra y me fui bailando.  D no me lastimó, solo dejó unas marcas inocuas que al otro día ya no estarían.
Se hizo tarde y ya quería irme. Total ahora tendré 300 años de vida para venir de nuevo a bailar. Y fumar frente al aviso que dice “espacio libre de humo de tabaco y cigarrillo” en ese bar sucio y ruidoso que tanto me gusta.





martes, 27 de septiembre de 2011

Huir del amor

Publicado por Mimi Cano en 18:33
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A  Maluciérnaga




¡Correr!
Correr la vida
Correr las horas
Correr la cama para cambiar la atmósfera de la habitación.
Correr de la lluvia, del sol, del ladrón. 
Del reloj que en cada tic tac nos recuerda que nos hacemos viejos. Y es que pasamos la vida huyendo y corriendo; huyendo del amor y de las ganas de dar un beso, de acostarse y vivir juntos; Corriendo porque se va... Se va el metro, el bus, el ladrón, y cuándo menos piensas se ha ido el amor. 
Se fue huyendo de los que tenían coraza, de los hostiles, huraños y engreídos, de los que preferían el sexo a las horas de sueño juntos. 

      Pero aún queda tiempo. 
     
 ¡para!
                             
                       ¡detente!

Se puede ir la vida, el bus, los amigos, y hasta el amor puede salir corriendo. 
    Pero vos estás ahí, fuerte y con los tenis puestos para ir a buscarlos.



sábado, 24 de septiembre de 2011

Santo Grial

Publicado por Mimi Cano en 19:33
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La existencia perturba su sueño mientras la alfombra flotaba sobre el suelo gris de la iglesia, el sacerdote la mira como si tuviera adentro al mismísimo Luzbel, ella levanta la mirada y suavemente ahoga la alfombra en un suspiro, ésta se hunde, se calma.
Da dos saltos y esta a pocos metros de aquel altar, el sacerdote continua mirándola, atontado desde una ventana del campanario, ella se acerca despacio casi contando los pasos al crucifijo que hay en la pared principal; estira un tentáculo y acaricia su rostro – los pantalones del sacerdote se han manchado de marrón-, en la ultima banca del lado izquierdo hay un alma pura observando, sus pantalones aun yacen limpios.
De nuevo ella trepa por la cruz y besa los labios de la representación de barro, continúa besándolo hasta llegar al ombligo, levanta la delgada seda que cubre la masculinidad de la escultura y al verlo cae resbalada por la cruz hasta tocar el piso.
Se desliza por el altar en su negrísimo aspecto.

-El sacerdote se ha desmayado, el alma pura continúa observando paciente y tranquila.

La sombra se levanta y comienza a crecer su barriga en forma desproporcionada, entra una anciana vestida de purpura y al verla sale despavorida a cubrir la estatua. Le pone de nuevo la seda blanca y se hecha la bendición cinco veces seguidas, el alma pura se altera al verla, se respira hipocresía. De nuevo la alfombra flota  y con polvo se escribe sobre ella el número trescientos dieciséis.

 La sombra está recostada sobre las escalinatas que dan paso al altar, de pronto se levanta y comienza a lamentarse. Su llanto suena como un grillo. La anciana toma el cáliz y lo rocía valerosamente sobre ella. El vino salpica y mancha los manteles blancos de rojo sangre.

El santo grial comienza a desgarrarle  las entrañas.

La anciana se pone de rodillas y reza diez padrenuestros, doce avemarías y una salve.
El alma pura sonríe y se pone de pie. Ubica una escalera bajo la cruz y sin recato arranca el manto de seda. Luego se acerca a la sombra y recibe en sus manos el santo grial hijo de cristo.

La sombra desaparece y la niña de cinco años mira al sacerdote y le ofrece cargar al recién nacido, éste de nuevo se desmalla  y cae sobre un charco de excrementos y vomito. La anciana se pone de pie, se echa la bendición trescientas dieciséis veces y se marcha.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Sala de espera

Publicado por Mimi Cano en 14:20
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Se despidió esa noche diciendo que su vuelo salía a las diez de la mañana, me quedé congelada como un imp pant frente a mi computador. Que a esa hora de la madrugada ya estaba cansado tal vez, y comenzaba a encender el ventilador que sonaba como turbina de avión a pequeña escala. Estaba aterrada, casi temblaba. Su vuelo estaría arribando a las tres de la tarde si todo salía bien y no había contratiempos.
Casi nadie (de los que llamo tercamente amigos) confiaba en que ella viniera a verme, pero yo nunca me perdí en las dudas de los otros y sus comentarios pesimistas. Sabía que me amaba, y que al otro día estaría en el aeropuerto de Rionegro esperando un abrazo fuerte de mi parte. Apagué la PC, puse suavemente la cabeza en la almohada y comencé a dar vueltas, se me pasó por la cabeza la espera un millón de veces, pero no quise traer a mi pensamiento el momento en que la viera cruzar alguna puerta o control de “seguridad” o maricada que inventan para fastidiar a un país tan jodidamente corrupto como este.
Ese momento no haría parte de mis ensoñaciones, lo dejaría pasar, que fuera tan real como los otros que todavía no suceden por falta de sellos en el pasaporte que aún no tengo.
Me detuve un momento, me quedé boca arriba y dejé que pasaran las horas.
Tres… cuatro… cinco de la mañana y yo no dormí. Y me levanté para ir a clase de siete, al fin y al cabo salía a eso de las 12 y me daba tiempo para ir al aeropuerto.
Las clases de ese viernes fueron más cortas de lo normal y de momento ya estaba en uno de los lugares más bien nombrados del mundo: la sala de espera… que en cualquier lugar, sea clínica, entidad gubernamental, laboratorio médico o en este caso aeropuerto... ¡es igual! ambiente frío, sillas idénticas estúpidamente filadas, televisores que todos miran como autómatas pero que ninguno atiende, y por último los ocupantes de la sala que por lo general tienen cara de… Persona desesperada que se impacienta en esperar.
Pues bien, yo estaba en el rango de persona desesperada que espera. un reloj decía que eran las cuatro y cinco de la tarde… otro decía que eran las cuatro y diez y el mío que estaba adelantado supuestamente, decía q eran las cuatro y veinte minutos. Mi pesimismo estaba a punto de vencer el amor y la paciencia que mi novia había conseguido fortalecer en esos meses, hasta que la vi salir arrastrando una maleta. No muy grande como para no guardar su ropa, pero si muy pequeña para meter ahí todo lo que llevaría de regreso a su país, después de entregarle los mejores días de nuestra vida.

Rutina y amor

Publicado por Mimi Cano en 13:42
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¡Deja de mirarte los pies!

Esa era la primera frase que pronunciaba cuando llegaba. Siempre me encontraba tirada en el piso, alimentando mi fascinación por esta parte del cuerpo que le parecía insignificante.

Entonces se ponía en cuclillas y me miraba a los ojos –déjalo ya, vamos a cenar. Me convencía inmediatamente. Me tomaba con dulzura por el brazo y me ayudaba a levantarme. Iba a váter, me lavaba las manos. Me miraba incansablemente en el espejo, hasta que ella gritaba impaciente que se estaba enfriando.  Salía corriendo, dando saltitos cual niña adolescente por todo el apartamento, hasta llegar a sentarme con brusquedad en el comedor. Eres una nena -me decía mientras me acariciaba la mano que yo estiraba para coger la salsa. Yo respondía a sus caricias rozándole las piernas con mis pies desnudos, por debajo de la mesa.
Conversábamos durante la cena. Bueno, más bien ella hablaba, las cosas no iban bien en la editorial y la semana anterior habían despedido a tres de sus compañeros. Esto le preocupaba mucho. Yo la miraba con atención y leía de sus labios cada palaba, de un momento a otro la voz se iba desvaneciendo y me deleitaba con la mímica que hacía para contarme, con algo de indignación, que el Doctor Ramírez le había mandado a corregir nuevamente uno de sus textos. Era increíble la manera como ella podía transportarme solo con la voz.

(Es que si vieras mamá, me hablaba suavecito, y mantenía un tono parejo como si estuviese contando una historia o un cuento, yo nunca envejecí a su lado.)

Terminábamos la cena, ella regularmente tomaba una ducha a las nueve y media, yo a veces me colaba y la molestaba un ratico, pero solo a veces, porque llegaba muy cansada y se enojaba conmigo. Desde que viví con ella no te extrañé más a la hora de dormir, por mucho que fuera el agotamiento, me permitía encaramarme y abrazarla como hacía contigo a los cinco años. En ese tiempo estaba terminando de escribir su segunda novela y todas las noches me leía un par de páginas. Mientras el hilo de su voz se metía en mis oídos, yo rebuscaba entre las sábanas y jugaba con nuestros pies hasta quedarme dormida.

Mi reloj sonaba a las cuatro para ir a la universidad. Unas veces me levantaba solita, y otras ella tenía que hacer uso de la fuerza, recuerdo que me agarraba como un juguetito y me llevaba a la ducha.
La batalla no terminaba ahí, porque me sentaba a orinar y cuando miraba hacia el piso comenzaba a jugar con los dedos en las ranuras de las baldosas.
Entonces volvía a mí ese letargo, ese momento de intimidad ininterrumpida con mis pies. Hasta que la escuchaba, y esta vez sí me hablaba durito. -Seguro te estás mirando  los pies. A la ducha, se hace tarde.
Así fueron las primeras semanas. Algunas veces, cuando se le daba por escribir a las tres de la mañana, yo me despertaba por el ruido del teclado, pasaba la almohada para abajo y comenzaba a jugar con sus pies hasta que fueran las cuatro.  Creo que no le gustaba mucho porque decía que era rarísimo y que tenía q ver un psicólogo, a mi me parecía totalmente inocuo, pero sin embargo una vez le hice caso, bueno, por lo menos pedí la cita. Solo fui esa vez, así que nunca supe si era dañino o no.
Ya puedes ver que no era tan malo mamá, es una relación como cualquier otra, así vivíamos, cuando dejaste de hablarme, y casi nada ha cambiado, excepto la hora de levantarse.

Te perdiste de muchas tardes de domingo, de conversaciones interesantes. De esas que te gustan. Ella es muy conversadora y bastante inteligente, sabe un montón de cosas. Hemos aprendido mucho juntas y hacemos un buen equipo a la hora de escribir. Siempre quiso conocerte. Vendremos mañana.

Por favor, la hora de visitas ha terminado.

-Está bien mi amor, si dios quiere las veré mañana bien temprano.

Pero una última cosa. ¿Eres feliz?

Por supuesto, siempre he estado enamorada y todavía siento cosquillas cuando llega a la casa  y me saluda con un beso.
Chau, te amo viejita.

Mi madre murió tres horas más tarde. Siempre fue una mujer fuerte. Esperó cuarenta y cinco años para este momento, al que tanto le huí, y por el cual me fui del país, pero su cuerpo no resistió las once horas que faltaban para mostrarle dónde iba mi historia.

 

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